OH, DELMORE, CUÁNTO TE EXTRAÑO
Oh, Delmore, cuánto te extraño. Me inspiraste a escribir. Fuiste el hombre más grandioso que conocí. Podías capturar la emoción más profunda con el lenguaje más simple. Tus títulos eran más que suficiente para despertar la musa de fuego en mi cuello. Eras un genio. Condenado.
Las locas historias. Oh, Delmore, yo era tan joven. Creía tanto. Nos reuníamos a tu alrededor mientras leías Finnegans Wake. Tan gracioso, pero impenetrable sin ti. Decías que había pocas cosas mejores en la vida que dedicarse a Joyce. Habías anotado cada palabra en las novelas que te quedaste de la biblioteca. Cada palabra.
Y dijiste que estabas escribiendo “La maleta de cerdo”. Oh, Delmore, nunca existió tal. Buscaron, después de que tu delirio final te guiara a un ataque al corazón en el Hotel Dixie. Nadie reclamó tu cuerpo en tres días. Tú, uno de los más grandes escritores de nuestra era. No había tal maleta.
Llevabas la carta de T.S. Eliot junto a tu corazón. Sus elogios a En sueños. Ojalá hubieras podido detener ese matrimonio. Nada bueno resultará de esto!!! Tenías razón. Nos rogabas— Por favor, no los dejen enterrarme al lado de mi madre. Hagan una fiesta para celebrar mi mudanza de este mundo a uno ojalá mejor. Y tú, Lou— lo juro— y tú sabes que si alguien puede, ese soy yo— nunca escribas por dinero o te vendré a penar.
Le había mostrado un relato breve. Él me dio una B. Yo estaba tan dolido y avergonzado. ¿Por qué penarme a mí, si no tengo talento? Yo era el caminante de “El pesado oso que camina conmigo”. En los cocteles literarios. Él los odiaba. Y me dejaba a cargo. Unos tragos más tarde —con su camisa abierta—uno de los bordes colgando por delante—la corbata chueca, el cierre abierto. Oh, Delmore. Eras tan hermoso. Llamado así por una silenciosa estrella de cine mudo, el bailarín Frank Delmore. Oh, Delmore—la cicatriz del duelo con Nietzsche.
Leías a Yeats, mientras el timbre sonaba, pero el poema no acababa hasta que lo hubieses leído por completo—pequeños riachuelos brotaban de tu nariz, pero ni aun así parabas de leer. Yo estaba transfigurado. Lloré—el amor del mundo—el pesado oso.
Nos dijiste que irrumpiéramos en la casa de____ donde tu esposa estaba prisionera. Tus muñecas rotas por tus enemigos. Las pastillas revolviendo tu mente refinada.
Te conocí en el bar donde acababas de ordenar cinco tragos. Dijiste que eran tan lentos que para cuando hubieses bebido el quinto, ya tendrías que ordenar más. Nuestras lecciones de scotch. Vermouth. El tocadiscos que odiabas—las letras tan patéticas.
Una noche llamaste a la Casa Blanca para protestar sus acciones en tu contra. Una beca para tu esposa, para alejarla de ti y ponerla en brazos de cualquiera en Europa.
Escuché al vendedor de periódicos gritando Europa Europa.
Dame esperanza suficiente y me colgaré.
Hamlet provenía de una antigua familia de clase alta.
Algunos pensaban que era borracho pero —en realidad—era un maníaco depresivo—que es como tener el pelo castaño.
Tienes que darte tu propia ducha- un acto existencial. Podrías meterte en la ducha y morir a solas.
Hamlet comienza a decir cosas extrañas. Una mujer es como un melón. Una vez abierta, se pudre, Horacio.
Oh, Delmore, ¿dónde fue el Vodevil para una Princesa? Un regalo para la princesa de la estrella de las tablas en el vestidor.
La duquesa metió su dedo en el culo del duque y el reino desapareció.
Nada bueno resultará de esto. ¡Detengan el coqueteo!
Señor, permanezca en silencio o tendré que expulsarlo.
Delmore comprendía todo y podía escribirlo impecablemente.
Shenandoah Fish*. Eras demasiado bueno para sobrevivir. Tus intuiciones te atraparon.
Las expectativas de fama. Entonces enseñaste.
Y te vi en la última ronda.
Amaba tu ingenio y tu rotundo conocimiento.
Fuiste y siempre has sido el único.
Puedes guiar un caballo al agua, pero no hacerlo pensar.
Quería escribir. Una línea tan buena como las tuyas. Mi montaña. Mi inspiración.
Escribiste el más grandioso relato breve jamás escrito.
En Sueños.