Últimos movimientos del señor Fogwill

La literatura de Fogwill, tanto como su actuación como escritor, están atravesadas por la idea de la ruptura. Su objeto es el más amplio posible: las instituciones literarias, el sentido común, los géneros de discurso, la palabra despersonalizada de las frases hechas. Formas cristalizadas por la convención. La provocación de Fogwill es también un llamado a enfrentarse a esos objetos con la violencia de su propia mirada inaugural. Pero su corrosión no es solo destructiva: se leen todavía en su poesía los restos de una antigua belleza, junto con los relámpagos de una nueva. En el centro de ambas, del quiebre y de la belleza, está la palabra misma. Poemas como «El señor Fogwill fuma pipa», o «El señor contempla su obra», con los que se abre Últimos movimientos del señor Fogwill, escenifican un desdoblamiento del yo. Podría pensarse ese desdoblamiento como otra forma del quiebre, dirigido al registro de la poesía lírica. El yo en Últimos movimientos está en la voz («La voz es la materia del poema»), en el tono, pero no en la sintaxis, en la cual es un él. Sobre ese desdoblamiento se despliega la ironía.

Ezequiel Grimson y Renata Schussheim desarrollan ese desdoblamiento y lo trasponen a la escena. Le piden a Víctor Torres, un cantante lírico, que lea sin impostación. La voz del poeta suena en otra voz que no es tampoco la del “yo artístico” del cantante sino su voz personal y privada, la voz que el poema lírico tradicional postula como clave de su sentido. Pero se trata de una apariencia: la lectura está pautada como una partitura.

La idea de que hay una musicalidad inherente a la lengua poética es tan antigua como la pregunta por la justicia de la música para con el sentido de las palabras. ¿Cuál podría ser la música de su poesía? Fogwill amaba los Lieder de Schubert con la intensidad del anhelo. Pero esa no es la música de su escritura. Una palabra tan consciente de su sonoridad (del timbre de sus sonidos, de sus tempos variables, de la plasticidad de su forma, del encadenamiento, las cumbres y los precipicios de sus ideas) está tan cerca de la música que cualquier música demasiado musical se alejaría de ella. La música de la poesía de Fogwill está compuesta ya de alguna manera, y subsiste velada en la renuncia al sonido de la palabra escrita. Musicalizar esa poesía no es tanto un acto compositivo como interpretativo.

Últimos movimientos del señor Fogwill restituye el sonido de la palabra escrita en la voz de un cantante que lee. Reminiscencias de otras músicas, desdibujadas por el recuerdo, interrumpen por momentos la lectura. Una de ellas, “O Tod” (“Oh muerte”), la tercera de las Cuatro canciones serias op. 121 de Johannes Brahms, se presenta al comienzo en la destilación que realiza Arnold Schoenberg en su ensayo sobre «Brahms, el progresivo». La pieza está inspirada en un pasaje del Antiguo Testamento (Eclesiástico 41,1-2): lamenta la muerte amarga, que alcanza al hombre que vive en paz entre sus bienes y puede servirse el alimento; y saluda la muerte que sentencia al viejo acabado, carente de fuerzas y de paciencia. (Como un recuerdo persistente que adquiere cada vez mayor definición, la canción se escucha más adelante en forma integral.)

La escena está reducida al mínimo: la intimidad de un estudio, con una mesa, un libro y un piano. La puesta se propone en contrapelo al desdoblamiento fogwilliano: el espectáculo se pliega al desarrollo del poema, se funde con él y lo interrumpe con la música que Fogwill escuchaba y cantaba con pasión, como descanso de la música omnipresente de su propia voz.

(vía) 

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